
He de marchar, pero como la noble caballera con la espada en el bolsillo, presa de la derrota que no me dejará ni a sol ni a sombra, la que no acercará esos metros que distancian nuestros brazos cada día, la derrota que no aguantará mis caidas, y no perdonará mis lamentos, pero no lo dudes que llevare la espalda y el rostro erguidos, aunque lleno de una sangre cristalina, que la llaman desamor.
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